Nunca más
Lastimosamente tuve que vivir algo que creía superado en mi país. Recuerdo a mis padres y profesores contándome las desafortunadas historias de candidatos asesinados, de personas secuestradas y de incertidumbre total. En mi mente están guardadas las miles de imágenes de documentales y series que relatan cómo la violencia borró la normalidad en Colombia y transformó al país en un río de lágrimas. Lo fui absorbiendo todo y aunque no lo viví se convirtió en parte de mi memoria, como el desdichado recuerdo colectivo de un país que había sufrido demasiado. Pero a pesar de la tragedia, siempre pensé que ese pasado atroz era justamente eso: pasado. Reflexionaba que a pesar de la todavía existente violencia e intolerancia el país había mejorado. Por eso dolió tanto enterarme que en la tarde del sábado 7 de junio un sicario de 14 años, usando una Glock semiautomática, le disparó en la cabeza al precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay.

Tras esto quedan demasiadas incertidumbres ¿Quién es el sicario? ¿Quién es el autor intelectual? ¿Cómo pudo pasar esto? Pero más allá de estas preguntas, que por supuesto deben investigarse y contestarse con todo el rigor posible, en mi mente solo tengo un par de certezas. La primera es que tenemos que rechazar este acto de manera colectiva, sin importar la afiliación política o las diferencias de pensamiento. Debemos unirnos a la esperanza de la familia Uribe Turbay, ya que la muerte de Miguel no solo sería una pérdida para ellos, sino un duro golpe a la democracia colombiana y un fracaso para nuestra sociedad en su totalidad. La segunda es que todos debemos estar a la altura de la situación. No podemos permitir que la derecha oportunista utilice el intento de homicidio de Miguel Uribe como plataforma política y debemos exigir que la izquierda recalcitrante recule su discurso combativo y polarizador.
Desde la derecha he visto cuestionables intentos de utilizar el atentado a Miguel Uribe para sacar beneficios políticos, dentro de los cuales el más notorio ha sido el de Vicky Dávila. La precandidata ha aprovechado la situación para autoincluirse al círculo de víctimas y hacer campaña con el miedo y sufrimiento que generó el atentado. Desde el primer momento Vicky ha intentado apropiarse de la situación y usarla como bandera dentro de su campaña. Durante la noche del atentado estuvo muy activa, lanzando la culpa al gobierno y al presidente Gustavo Petro por sus discursos. Y aunque es innegable que el discurso del presidente es agresivo y en muchas ocasiones promueve el odio, a nadie más que a ella le sirve ir rodeada de cámaras y micrófonos persiguiendo a la ambulancia de Miguel Uribe. ¿Acaso a Vicky se le olvidó que ya no es periodista sino candidata presidencial? No es momento de intentar sacar réditos electorales, la vida de Miguel Uribe no puede convertirse en un instrumento político.
Por otro lado está la incompetencia y falta de sentido común del gobierno y de algunos sectores de la izquierda. Durante el mandato de Gustavo Petro la polarización, el lenguaje incendiario y el odio no han hecho más que crecer. El claro ejemplo son los comentarios del presidente días antes del atentado, llamando a la oposición nazis y esclavistas. Tras el atentado nada parece haber mejorado. Desde sectores no oficiales afines al petrismo hay quienes acusan de manera irresponsable que esto fue un autoatentado, o que Miguel Uribe lo merecía por ser del Centro Democrático. ¿Qué país se puede construir en estas condiciones? Por su parte el presidente intentó mostrar institucionalidad en una alocución que comenzó bien, pero terminó congestionada de florituras innecesarias dada la seriedad de lo acontecido. Petro utilizó la alocución para hablar de Cien años de soledad, del corazón del mundo, de las energías que hacen florecer a las especies, de la dialéctica de Hegel, de los migrantes árabes y de lo muy amigo que terminó siendo de la familia Turbay. Por supuesto él debía estar en el centro de todo. Ahora también parece que Petro es la verdadera víctima, ya que su teoría es que el atentado que tiene a Miguel Uribe debatiéndose entre la vida y la muerte realmente era para desestabilizar su gobierno.
El atentado contra Miguel Uribe debe ser un llamado a la convivencia para todos los colombianos. Debemos dejarnos guiar por la razón y comprender que esto es un hecho lamentable, que nos marca a todos como país. De nada nos sirve darle alas a teorías conspirativas como las del autoatentado o utilizar el dolor de la familia Uribe Turbay como instrumento político. Lo único que resta es poner nuestra esperanza en las manos de los médicos, para la pronta recuperación de Miguel Uribe, en las de los funcionarios, para que se sepa la verdad y se haga justicia, y en las de todos los colombianos, para que esto nunca más vuelva a ocurrir.



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